Si cierro los ojos y me quedo en silencio puedo oír el repiqueteo de la máquina de escribir de mi abuelo, sentir la tibieza de sus teclas y percibir el olor inconfundible de la tinta sobre el papel.
Hoy apenas quedan Hispano-Olivetti, ya no hay papeleras repletas de letras abortadas y el folio blanco está siendo engullido poco a poco por brillantes pantallas de ordenador.
Pero lo más importante aun permanece: la necesidad de compartir, de contar, de decir. La divina necesidad de escribir.
Desde aquí pido la palabra para escribirla.
Unas veces lo haré bien y otras, la mayoría, seguramente mal. Algunas escribiré de lo que me gusta y otras me disgustaré escribiendo. Unos días contaré lo que me pidan y otros las musas me ayudarán a rebelarme.
Escribiré desbordando la realidad aun cuando la realidad me desborde.
Se abre el telón. Comienza la función.
Le he dado a Seguir únicamente para que no parezca tan pobre el blog.
ResponderEliminarPor cierto, que no sirva como precedente, pero me gusta la entrada.