Quien no juega, no gana
En la pizarra eléctrica se leía: “Argentina. Universidad Católica de Buenos Aires”. Junto a esa frase, su nombre. La plaza era suya. Y por fin, tras un año imaginando como sería el día, éste había llegado. Muchas dudas revoloteaban en su cabeza. Era lo que ella había deseado durante su primer año de carrera. Loca. Así la llamaban aquellos a los que decía que quería cursar su tercer año de estudios universitarios fuera de España. Y para más inri no se iba cerca, no. Miles de kilómetros, un océano y muchas horas de diferencia la separaban de su sueño. Ni familiares ni amigos la creyeron cuando lo contó. Y aunque navegara en un mar de dudas, sabía que era su sueño y que debía hacerlo realidad. No podía rechazar la oportunidad que le brindaban. Había estudiado duro para poder estar en la situación en la que ahora se encontraba.
Poco a poco se acercaba el momento de marchar. Las clases allí empezaban a finales de Julio. Las vacaciones de verano acababan casi antes de empezar. Un nuevo país, un millón de dudas y un montón de ilusiones llenaban su maleta. Ana sabía lo que era dejar todo lo querido atrás. Ya lo había hecho en otras ocasiones. Su vida en los últimos años había transcurrido en diferentes puntos de España. Pero esta vez era diferente, dejaba atrás no sólo a sus amigos y a su familia. Dejaba atrás su país, su Facultad, su Colegio Mayor... su vida.
Terminal número dos del aeropuerto de Barajas. 14 horas de viaje. Una maleta llena de ilusiones y de 20 kilos de recuerdos. Despedidas; de esas que te hacen llorar. Y pena; de esa que te hace replantearte la idea de marchar. Alea jacta est. No había marcha atrás.
Las casualidades también existen
El nerviosismo se apoderó de ella cuando el avión despegó. A su lado un chico joven, de unos 20 años, de piel blanca y cabellos castaños, le sonrió. “Tranquila chiquita” le dijo. Ella le devolvió la sonrisa. “¿Es su primer viaje en avión?” preguntó el joven con cara de asombro. “No” respondió ella con la voz entrecortada. “¿Por qué está apenada pues?” volvió a preguntar el joven. Ana no tenía ni pizca de ganas de contarle su vida a un desconocido, pero la angustia y el nerviosismo hicieron que su lengua se soltara y comenzó a hablar con el chico. “Es la primera vez que hago un viaje tan largo y por tanto tiempo”. El volvió a sonreír y dijo:” tranquila, no esté nerviosa, el viaje se le pasará en nada, ¿puedo preguntarle a que va al país que me vio nacer?”
Ana, mucho más tranquila parecía dispuesta a sincerarse con aquel joven tan educado al que no conocía. Para algo los argentinos tienen fama de psicólogos, pensó. “Voy a Buenos Aires para cursar mi tercer año de carrera. Estoy algo nerviosa por lo que encontraré y triste por lo que dejo.” respondió. “¡Qué bien! ¡Pues debería estar contentísima! A mí me encantaría poder realizar uno año de mi carrera en otro país. ¿Qué estudia?” preguntó el joven. “Acabo de terminar mi segundo año de Periodismo y Publicidad y Relaciones Públicas. “ Y tú, ¿qué estudias?”se atrevió a preguntar Ana, mucho más relajada. “¡Publicidad y Comunicación Institucional! Supongo que será la misma carrera que vos estudiáis sólo que con otro nombre. Y, ¿a qué Universidad va?” “A la Universidad Católica” afirmó ella. “¡Estupendo! Allí estudió yo, aunque ya me encuentro en el penúltimo año”. No se lo podía creer. Obviamente las casualidades existen, pensó.
Tras varias horas de viaje Ana y Marcelo, que así se llamaba el compañero argentino de la chica, charlaban como si se conocieran de toda la vida. El le contó que acababa de hacer unas prácticas en una Agencia de Publicidad de Barcelona y ella le agradeció su oportuna presencia como compañero de viaje. Y entre risas y confidencias (14 horas dan para mucho) Buenos Aires apareció de repente.
Quien tiene un amigo tiene un tesoro
Prisas. Angustia. Miedo. Y un sin fin más de sensaciones nada agradables. Quien me mandaría a mí, si lo sé no se vengo, maldita pizarra, tonta que no soy más que una tonta. Y un montón más de frases parecidas. Más que un sueño parecía una pesadilla.
Y después de haber hecho y deshecho la maleta cien veces, de haberse perdido otras cien, de jurar en arameo y maldecir el día en que se le ocurrió cambiar de aires, allí estaba Ana. Aquella que quería comerse el mundo sentía que el mundo iba a empezar a comérsela a ella. “¿Dónde estará el dichoso Salón de Actos de esta dichosa Facultad?” Se preguntó. Alguien la agarró del brazo “¡Che, boluda!, Pensé que ibas a llegar tarde tu primer día de clase. Ya estaba cansado de esperarte”.
Las casualidades existen y obviamente los amigos también. Agarrada del brazo de su ángel salvador, Ana pisaba segura las baldosas amarillas que la conducirían a su sueño más allá del Arco Iris.
Me ha emocionado mucho todo lo que has escrito. Espero seguir disfrutando con tus relatos....
ResponderEliminarYa tienes otra incondicional seguidora. Animo y a seguir escribiendo.
Un besito, tu titi. :)